Y la vida es ...
Hace cuatro meses decidí empezar un régimen. No estaba gorda, sino rellenita, pero esos quilos de más empezaban ya a molestarme, ocupaban demasiado lugar. Para no hablar de las situaciones bochornosas que tenía en el tren tipo:
- Hijo, deja sentar a esa señora.
- No, no quiero.
- No ves que va a ser mamá y las mamás han de ir sentadas
- No veo porqué.
- Venga niño, levántate
- No quiero (con rabia acumulada en su mirada)
- Niño, que te levantes ya, maleducado
- … (Llanto desconsolado)
En estos últimos meses me he dado cuenta de que por mucho que adelgace soy una gorda mental. Un gran repertorio de platos suculentos han desfilado en mi mente, me he emocionado al ver una patata hervida en mi plato y he llorado al ver una bandeja repleta de intocables navajas.
Según un delantal de casa de un buen amigo “lo mejor de la vida pasa entre las comidas”. Pues que razón tiene. A la que te niegan cosas tan insignificantes como una patata hervida parece que se te hayan quitado la vida.
Hacer una cena y entrar con los invitados directamente en la cocina descorchando una botella de vino tinto con una tapita de queso curado. Las paellas de los domingos en casa de tu madre. El ir a un restaurante y poder descubrir sabores y colores nuevos. Eso para mi, es vivir

